La vergüenza es una mentirosa. Vale la pena decirlo primero, porque todo lo demás aquí depende de eso.
La vergüenza no te dice que hiciste algo malo. Te dice que eres algo malo, y luego hace lo que siempre hace. Te manda a esconderte.
Esto es lo que quiero que veas. El lugar al que la vergüenza te manda no es un lugar donde Dios no pueda llegar.
Mira a quiénes usó Dios, y cuándo. Pedro negó que siquiera conociera a Jesús, tres veces, en voz alta, delante de la gente. Días después es él quien predica. La mujer arrastrada a la calle, con su pecado expuesto ante todos, se fue sin que quedara nadie para condenarla. El hijo menor volvió a casa ensayando un discurso: ya no era digno de que lo llamaran hijo, y su padre ya venía corriendo.
Ninguno de ellos fue restaurado después de limpiarse. Los encontraron tal como estaban.
«Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.» (Santiago 4:6, RVR1960)
La gracia va a los humildes. Y humilde aquí no significa quebrado ni destapado; significa sin máscara. Dios no está esperando que la vergüenza te doblegue. Está esperando que dejes de actuar delante de Él.
Pero mira bien dónde está la misericordia en todo esto. No está en la caída. Está en Quien te encuentra ahí. La vergüenza sigue siendo una mentirosa y sigue sin venir de Él. Lo que pasa es que el fondo al que la vergüenza te empuja es un lugar donde por fin dejas de fingir, y a Dios nunca le ha incomodado encontrarse con la gente ahí. Él no te exige llegar presentable.
Entonces, ¿qué haces con eso?
Dejas de tratar de sanarte primero. En eso consiste todo, y es más difícil de lo que parece, porque la mayoría preferiríamos presentarnos arreglados antes que presentarnos honestos.
Luego le dices a Dios la verdad, sin rodeos, sin la versión que has pulido para otras personas. No se va a escandalizar. Él estuvo ahí en la parte de la que te avergüenzas, y tampoco se fue entonces.
Y luego dejas que Él te diga quién eres, en vez de dejar que tu peor día te lo diga.
No tienes que cargar esto a solas, y nunca fue la intención. La voz que temes oír no es la que te está esperando. Esa ya va corriendo por el camino.
Este articulo nace del libro La Verguenza es una Mentirosa.
