Hay un silencio muy particular que muchos conocemos bien.
Alguien dice algo en el trabajo, o al otro lado de la mesa, y se abre una puerta. Sientes cómo se abre. Y no dices nada, y el momento pasa, y te pasas el camino a casa explicándote a ti por qué esa fue la decisión sensata.
Eso solemos explicarlo como no querer incomodar. A veces es verdad. Muchas veces es otra cosa vestida con ese disfraz.
Es el miedo al rechazo, y es de los más antiguos que hay.
El rechazo es el miedo a quedar fuera, y su señal es complacer a los demás. A veces es la razón por la que dices que sí cuando quieres decir que no. Y es muy a menudo la razón por la que te quedas en silencio sobre lo más importante de tu vida, porque decirlo en voz alta te pone en riesgo de que alguien te vea distinto, alguien cuya opinión llevas tiempo cuidando con esmero.
Ponerle nombre a eso no es un reproche. Es un alivio. Porque no puedes pelear contra algo si sigues llamándolo por el nombre equivocado.
Ahora, esto es lo que a mí me costó años creer: no tienes que ser convincente.
Casi todos nos quedamos callados porque aceptamos en silencio un trabajo que nunca nos dieron. Creemos que tenemos que poder ganar la discusión, responder la pregunta difícil y cerrar el trato. Así que esperamos hasta sentirnos calificados, y ese día no llega.
Tu papel no es el de la defensa. Es el del testigo.
Un testigo no tiene que explicar cómo funciona todo. Un testigo solo cuenta lo que vio. La gente puede discutir tu doctrina todo el día. Les cuesta mucho más discutir con lo que te pasó a ti, porque ellos no estaban ahí y tú sí.
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.» (1 Juan 4:18, RVR1960)
Fíjate en cómo funciona. No dice que el valor echa fuera el temor. Lo echa el amor. Así que el camino hacia adelante no es volverte más valiente. Es tener tan presente que Dios te ama que el miedo a lo que alguien pueda pensar se quede sin lugar.
¿Y eso cómo se ve un martes cualquiera?
Ora antes de hablar, y pide amor en vez de palabras. Las palabras se consiguen más fácilmente de lo que creemos. El amor es lo que hace que lleguen.
Escucha primero, y escucha de verdad, no de esa manera en la que esperas un hueco para hablar. Pregúntale por su vida. Casi todo el mundo te dice exactamente dónde le duele si le das treinta segundos sin prisa.
Después cuenta tu parte, pequeña y verdadera. No un sermón. Lo que Dios ha hecho en ti, en palabras sencillas, incluidas las partes que todavía están a medias.
Y después suéltalo. No eres responsable del resultado, y nunca lo fuiste. El Espíritu es quien convence. Ese es su trabajo, no el tuyo, y Él es bastante mejor en eso.
Empieza con algo más pequeño de lo que crees que hace falta. Ofrécete a orar por algo. Manda el versículo. Haz la segunda pregunta en vez de cambiar de tema.
Dios nunca ha buscado a los calificados. Siempre ha buscado a los dispuestos.
Este articulo nace del libro El Poderoso Jesus en el Cuarto de Guerra.
