El truco más viejo del jardín

La vergüenza no es un problema moderno. Aparece más o menos en la tercera página de la Biblia, y no ha cambiado de método desde entonces.

La vergüenza no es un problema moderno. Aparece más o menos en la tercera página de la Biblia, y no ha cambiado de método desde entonces.

Mira cómo empieza. La serpiente no se acerca a Eva y le dice que peque. Le hace una pregunta sobre lo que Dios había dicho en realidad. La deja dudando de su propia memoria, luego de su propio criterio, y al final de la bondad de Dios hacia ella. Hoy tenemos un nombre para ese truco: descalificación, lo que en inglés llaman gaslighting.

Satanás quiere que Eva se sienta tonta. Y lo logra.

Fíjate en lo que pasa después, porque esta es la parte que te importa a ti. No discuten con Dios. No negocian. Cosen algo para taparse y se meten detrás de los árboles.

Esconderse fue el primer síntoma, y sigue siendo el primer síntoma.

Ahora bien, hay algo que se confunde con la vergüenza, y separar las dos cosas lo cambia todo.

La culpa —hablo del sentimiento, no del reproche que otros te echan encima— te dice que hiciste algo malo. Esa voz es la convicción del Espíritu: es concreta, y está señalando una puerta. Sabes qué hacer con la culpa. La confiesas, reparas lo que puedas reparar, y sales con menos peso encima del que traías.

La vergüenza no hace eso. La vergüenza se salta lo que hiciste y va directo a quién eres. No dice que cometiste un error; dice que eres un error. Y nunca señala una puerta, porque no tiene a dónde mandarte salvo más adentro, entre los árboles.

Por eso digo que la vergüenza es una mentirosa. No porque tu remordimiento sea falso, sino porque la conclusión que la vergüenza saca de él es falsa.

Aquí viene la parte práctica, y es incómoda.

La vergüenza se parece a un virus en algo muy concreto: se fortalece en la oscuridad y se debilita en la luz. Cada año que la guardas se vuelve más pesada y más convincente, hasta que la historia que cuenta sobre ti deja de sonar a acusación y empieza a sonar a dato.

«Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.» (Santiago 5:16, RVR1960)

Para que seáis sanados. No para que quedes al descubierto. No para que alguien te confirme lo que ya sospechas de ti.

Empieza con Dios, sin rodeos, con tus propias palabras. Después, cuando llegue el momento, cuéntaselo a una persona. No a todo el mundo, y no en internet. Una persona de confianza, que no se inmute y que no lo repita.

No eres la primera persona que se queda callada y se mete detrás de un árbol. No serás la última. Pero el Dios que vino caminando por el jardín, llamando a gente que se escondía de Él, tampoco ha cambiado su manera de hacer las cosas.

Sigue viniendo. Sigue llamando. Y nunca, ni una sola vez, le ha sorprendido lo que encuentra.


Este articulo nace del libro La Verguenza es una Mentirosa.

Sigue leyendo