Hay un tramo del duelo donde nada se mueve.
Ya hiciste lo que había que hacer. Oraste, hablaste con alguien, te levantaste de la cama. Y el peso sigue exactamente donde estaba el mes pasado. La gente empieza a usar la palabra «proceso» como si fuera una máquina que uno puede operar bien, y en privado empiezas a preguntarte si algo dentro de ti se rompió y ya no tiene arreglo.
Quiero contarte lo que Jesús dijo sobre el Espíritu, porque cambió mi manera de esperar.
«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.» (Juan 3:8, RVR1960)
El viento no se programa. No te lo ganas, y desde luego no lo fabricas esforzándote más por sentirte mejor.
Pero puedes estar afuera cuando llegue.
Eso es lo que hacen las habilidades del valle. Pedirle las tres cosas de hoy, nombrar un obstáculo, confesar lo que salió a flote: nada de eso fabrica el viento. Es la manera de estar afuera cuando sopla.
Cuando perdí a Holli, perdí más que a ella. Perdí al hombre que había sido, y durante un buen tiempo sentí que también había perdido a Dios. Lo que no habría podido explicarte entonces es que el consuelo no llegó de golpe. Llegó de a poco, y casi nunca en un día en que yo hubiera hecho algo bien.
Una línea de una canción que había oído cien veces. Un amigo que dijo lo más común del mundo justo cuando lo necesitaba. Una mañana en que el primer pensamiento no fue el peor pensamiento. Cosas pequeñas, nada llamativas, y ninguna fue obra de mi esfuerzo.
Así obra Él. Casi nunca en el giro dramático que seguimos pidiendo, sino en lo que llega callado.
Y el Espíritu hace más que consolarte. Te recuerda las promesas cuando tu memoria ya no es confiable. Intercede por ti cuando se te acaban las palabras y solo puedes quedarte ahí. Te da fuerza suficiente para el siguiente paso, que muchas veces es toda la fuerza que de verdad necesitas, aunque casi nunca sea tanta como quisieras.
Entonces, ¿qué haces con un viento que no puedes controlar?
Dejas de tensarte. Y eso ya es casi todo. Dejas de tratar de entenderlo todo antes de permitir que te ayuden, y dejas de medir tu sanidad con un calendario que nadie te dio.
Después abres las manos y dices la oración honesta, sin pulir. Ven, Espíritu Santo. Lléname de tu paz. Él no te está poniendo nota por cómo lo dices.
Y empiezas a darte cuenta. No de la transformación que estás esperando, sino de la misericordia pequeña que ya llegó esta semana y que pasaste por alto.
Puede que el duelo todavía no te haya soltado. Pero el viento se está moviendo en algún lugar de todo esto, y no tienes que ver de dónde viene para quedarte afuera, esperándolo.
Este articulo nace del libro La Muerte es una Mentirosa.
