Todo el mundo te dice que dejes de preocuparte. Casi nadie te dice cómo.
Ese es el vacío que quiero llenar, porque «confía en Dios» es verdad, pero no es un método, y a las dos de la mañana lo que hace falta es un método.
Hay uno en la Escritura, y está construido sobre el amor y no sobre la fuerza de voluntad. Cuatro pasos. Puedes darlos en cualquier parte, y nadie tiene por qué enterarse.
Primero, escuchar. No al miedo. A quién pertenece la voz.
Detente lo suficiente para hacerte una pregunta que casi nunca nos hacemos: ¿de quién es esta voz? Porque el pensamiento llegó dentro de tu propia cabeza, con tu propio acento, y eso hace que se sienta como tu propia conclusión. Muchas veces no lo es. Puede ser una herida vieja hablando. Puede ser la voz de alguien de hace años de la que nunca te libraste. Puede ser el enemigo, que no es creativo pero sí es extremadamente insistente.
Ya conoces una prueba confiable. Dios no reparte miedo. Si el pensamiento te desprecia, si está seguro de un futuro que nadie puede ver, si te empequeñece, esa no es la voz de tu Pastor. Sus ovejas aprenden a reconocer su voz escuchándola en los días comunes, para poder reconocerla en los difíciles.
Segundo, observar. Da un paso atrás y mira lo que el miedo te está haciendo de verdad.
Tienes el pecho apretado. Has leído la misma frase cuatro veces. Llevas con la mandíbula tensa desde el mediodía. Nótalo, y nótalo sin culparte por ello. No es momento de reprocharte nada por tener miedo.
Mirar tu miedo como lo mira Jesús hace algo extraño y útil: lo encoge. No porque hayas discutido con él, sino porque dejaste de estar dentro de él el tiempo suficiente para verle el tamaño real.
Tercero, valorar. Acuérdate de cuánto vales para Él.
El miedo te cuenta una historia sobre lo que va a pasarte y sobre lo que eso va a demostrar de ti. Lo que desarma esa historia no es el optimismo. Es un hecho sobre quién ya eres y sobre cuánto te ama Él ya.
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.» (1 Juan 4:18, RVR1960)
Echa fuera. No administra, no equilibra. En el corazón no caben los dos a la vez, y el amor ocupa el espacio que el miedo estaba usando.
Cuarto, esperar. Vuelve a poner a Dios en la escena de tu futuro.
El miedo es siempre una película sobre mañana con Él recortado de la escena. Siempre. Pásala otra vez con Él en la escena y es otra película, no porque hayan cambiado las circunstancias, sino porque dejaste de imaginarte enfrentándolas a solas.
Escuchar. Observar. Valorar. Esperar. En inglés esas cuatro palabras empiezan con las letras de love —amor— y por eso el libro lo llama el PLAN DE AMOR. En español las iniciales no forman la palabra, pero el plan es exactamente el mismo.
Los miedos van a seguir viniendo. Eso no es un fracaso, es parte del paisaje. La diferencia es que ahora tienes a dónde ir cuando lleguen, en vez de solo aguantar y esperar a que pase.
No estás peleando esto a solas, y nunca lo estuviste.
Este articulo nace del libro El Miedo es un Mentiroso.
